CAPITULO DOS
El mago cenaba anoche en El
Escorial con unos amigos de hace más de treinta años. Poseedor de una
inteligencia singular regada por un invencible espíritu de lucha, el mago
consigue brillar en cualquier escenario en el que decida prodigarse. Porque el
mago solo de prodiga donde él lo decide.
El mago es ciertamente guapo,
tanto más cuanto más se le observa; en eso se parece a la loca, en realidad,
solo se parecen en eso, aunque juntos pueden resultar el dúo más cómico del
universo conocido, plutón incluído.
Hace unos meses el mago
apareció por casa de la loca con la excusa de ir a recoger un diccionario de
alemán, y cuando ya estaba casi en la puerta, se giró de repente y le espetó
un, oye, ¿necesitas dinero?, y la miró a los ojos, la loca no emitió sonido
alguno, pero le mantuvo la mirada. Sin decir nada, por arte de birlibirloque,
el mago sacó un fajo de billetes de su cartera y se los dio ¿tienes bastante
con esto? Sí, gracias.
El mago ha rescatado a la
loca en varias ocasiones a lo largo de la vida. Ella lo hizo con él
anteriormente, durante la niñez, cuando se enfrentaba a todos los que se metían
con él, y pasaba por él las pruebas físicas de iniciación o perdón que se infligen
en el secreto y acotado mundo de los niños. Recuerda especialmente cuando les
hicieron caminar a ella descalza con él a caballo por un montón de espinas;
ella clavaba los pies con rabia y fuerza para dejar a aquellos matones a la
altura del betún. Algo de peligro debieron percibir en aquella mocosa, porque
cuando al terminar de pasar por el suplicio, sin descabalgar al mago, dijo,
¿qué más?, sin pestañear ni por descontado llorar, mirándoles a los ojos, ellos agacharon un poco las
cabezas, se apartaron, y los dejaron marcharse.
De este modo, los deportes
siempre quedaron para ella, el mago nunca fue bueno en eso, pero cada vez que
el mago se echó a andar, en una ocasión hasta Canadá, ella a penas pudo
seguirle a unos metros de distancia y teniendo que trotar y galopar a menudo
para no perderle. De él, y de la emperatriz, pero sobre todo de él, es de quien
aprendió la loca a ser generosa; la generosidad del mago no es una generosidad
al uso. Al ser sabio, sabe que el tiempo y el conocimiento son los dos
parámetros más valiosos de este mundo, y él ambos los ha dedicado, y dedica, a
invertir en los de los demás.
El mago y la loca no han
tenido grandes conversaciones, pero desde niños, de cuando ella iba antes de
dormir a meterse en su cama para que le contase un cuento inventado “de
animales, cuéntamelo de animales”, se entienden solo con mirarse y olerse.
Lo único por lo que la loca
lamenta no haber tenido un niño, es por no haberle podido poner su nombre.

¿Solo lo lamenta por eso?... :(
ResponderEliminarBesos y salud
Sí, Genin, sólo la lamenta por eso.
EliminarUn beso y un poco de fresco.