Llevo meses
sin poder coger un libro por placer. Rodeada de libros de texto que deben ser
exprimidos y asimilados sin descanso. Días y días atiborrándome de datos
olvidados que debo ofrecer y entregar a los alumnos para quedarme cada tarde vacía de nuevo.
Vacía como
la caja donde guardo las ganas de vivir.Soy una impostora. Azuzo, mediante este instinto de embaucadora compartido con el resto de adultos de la especie y que -feliz- desconocía poseer, a mis casi noventa alumnos a comerse la vida; les grito, les jaleo, les exijo con palmas y patadas al suelo que espabilen, que cojan la vida por los cuernos, que son jóvenes, insultantemente jóvenes, que son fuertes (y esto tengo el atrevimiento de decirlo delante de Sergi y Germán, que van en silla de ruedas); que les bullen las neuronas, que son todos guapísimos y guapísimas. Les grito, suelto tacos en clase –de momento ninguno me ha delatado-, les cuento lo maravillosa que es la vida, el milagro del cuerpo humano (y esto sigo diciéndolo con Sergi y Germán presentes; “dios escribe recto, entre renglones torcidos”, pienso en la homilía que dio hace muchos años un cura obrero ante el ataúd del hermano de mi mejor amiga de entonces. Germán y Sergi serían los renglones torcidos de Dios, y yo me cago en dios cuando pienso en Sergi, que tiene una enfermedad degenerativa. Y pienso mucho en Sergi. De hecho pienso en Sergi cada día desde que le conozco. Tengo su cara grabada y presente como cuando miras de lleno al sol y luego te aparece mires lo que mires durante un buen rato hasta que todo vuelve a su sitio; sólo que la carita de Sergi nunca vuelve a su sitio, no se me borra. Me duele este niño. Me duele y dolerá para siempre jamás.)
Ahora mismo
soy la mentirosa, la falsaria, la engañadora, la embustera, la mendaz más
grande del reino. Cuando trabajé para los hijos de puta de la industria farmacéutica
no mentía tanto, y cobraba mucho más. Esta es una mentira trabajada, labrada
entre filigranas. Una mentira muy piadosa, al parecer. Y yo me dejo arrastrar,
la pastilla azul de Matrix. A ver qué voy a hacer. No voy a amargar a los
niños. No voy a contarles que la vida es una mierda, que lo único que van a
tener garantizado son las desgracias. No voy a decirles que ante el peligro la
mayoría de las veces se verán solos. Que se les va a morir gente que no querrán de ninguna manera que se les muera; (alguno ya
ha perdido alguno de los padres por enfermedad), que los abandonarán, que los
traicionarán, que los calumniarán, que justicia y lotería son sinónimos. Que
los van a rechazar y no podrán hacer nada, mas que aferrarse a la rabia porque si se aferran a la tristeza habrán perdido. No voy a decirles que piensen mal y
acertarán. Que la gente es mezquina, que somos, con mucha diferencia, la peor especie del planeta. Que mejor que no tengan niños para no contribuir a ella. Que si no consiguen ganar un nivel aceptable de dinero que se den por jodidos, porque no tendrán vida. No les digo nada de eso Todo lo contrario, les hablo del excelente maridaje que se da entre el pan y la cebolla y les suelto sermones sobre la solidaridad, el
trabajo en equipo, el valor incalculable de los amigos; les cuento que yo
todavía me voy de farra con mis compañeros del instituto, los que conocí cuando
tenía la edad de ellos. Me pongo ceremoniosa para advertirles que no necesito
que sean amigos entre ellos, pero que les exijo que sean buenos compañeros, que
reman en el mismo barco, que el barco debe llegar a puerto y no a un puerto cualquiera.
Entonces les pregunto a dónde les gustaría llegar en barco... Un par de estos
cabrones me abrazaron cuando les di el boletín de notas el otro día, y una
chica de las mayores de bachillerato me regaló un colgante. Casi me echo a
llorar, yo tengo las hormonas peor que ellos.
No recuerdo
haber tenido tantas ganas de morirme como en estos días. Cuando salgo a dar una
vuelta corta, para estirar las piernas y envenenarme con la feroz belleza del
paisaje pirenaico, me paro unos instantes en una zona ya escogida de uno de los
puentes que cruza la Noguera Pallaresa, y la contemplo desde arriba, sus aguas
bravas y poco profundas sobre el lecho de rocas y la visión me provoca un
vértigo suicida, un fugaz atolondramiento, como una borrachera y pienso
“¡ahora!”, sería tan sencillo... Y tan dramático para todos que desisto. Sólo
me doy el gusto de comprobar que podría hacerlo; como cuando estás dejando de
fumar y guardas tabaco en casa para cerciorarte de que no fumas porque no
quieres.
Encarando
estos días de medio asueto, puesto que tengo que seguir preparándome clases,
decido leer algo que no sea materia de estudio para sentir que estoy de
vacaciones. Repaso mi retahíla: Neruda o Kafka me dan siempre ganas de ponerme
a escribir; con Pamuk, Marsé, y Oz me sucede lo contrario, no osaría, sólo puedo
leerles y leerles mientras confirmo por enésima vez mi tolerada insignificancia; “tía patatera,
cómo se te ocurre ni siquiera tener la desfachatez de imaginar una frase cuando tienes en tus manos
esto”; Jabois, de nombre Manuel, me produce unas ganas locas de follar, pero básicamente
a él; así es que finalmente me decido y escojo a Pamuk, el libro que me pedí
para reyes. Y voy a leer-leer, como una posesa, como si dentro de siete días ya
no hubiese mañana, y ya no tuviese que regresar a mentir.
(*): versión propia adaptada de un lema ajeno por ser de otro ("de otro. Será
de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos..")

Aprovechando que Follan me ha recordado venir aquí, mira a ver gAcHÏ.veína si vuelves por allí, se te ha echado de menos más veces de las que seguramente sabes.
ResponderEliminar¿Pero que tú no sabes que "A los sitios donde fuiste feliz, no debes volver", Adaptaciones?
Eliminar(Además allí ya hay demasiado nivel moral para mí, ¿no sabes que pito a la entrada? como en Mango, que detecta el sensor la talla.)
Sé que pitas, pero no siempre. Incluso los guardianes del pito te han valorado públicamente en no pocas ocasiones y otras tantas te han dado cera.
ResponderEliminar¿Pero qué dices Adapt,? Los guardianes del pito que dices tú lo que les pasa es que entre pito y pito, colorito dónde vas tú tan bonito, se les ve el plumerito.
EliminarConio Gata, que se te cruzó un cable. A todos nos pasa y ya está.
ResponderEliminarEn mi humilde opinión hubiera bastado con no darle importancia, borraron comentarios, no te vanearon, si no me equivoco.
Pero pretendía decirte que se te echa de menos, no lo que debes o no debes hacer.
¡Hostias! Banearon quïcir.
ResponderEliminarQué gusto volver a leerte.
ResponderEliminarUn beso, Gata.
Besos, maja. Gusto siempre el que da encontrarte.
EliminarGata, soy Gengis. Estoy intentando decirte, y va lo tercera, que sería faltarte al respeto llamar literatura a lo tuyo; lo que uno encuentra en ti cuando escribes es la vida, la puta vida. Te amo.
ResponderEliminarPero yo a ti te amo más y ya de largo, Gengis.
EliminarLa vida, esa hija de puta, se portará bien e incluso nos lo hará pasar en grande si nos la llevásemos un día de farra tú y yo Gengis, que de museos ya sé que no te gusta.
Gengis de nuevo, Gata. Me he llevado tu escrito al FB.
ResponderEliminarDéjate de hostias con eso de las aguas que te producen vertigo y sensaciones, y tal, y tal, seguro que el agua esa está fría y humeda, tu a follar, que se acaba el mundo, eso es mucho mas mejol...jajaja
ResponderEliminarBesos y salud
jajajaja
EliminarSalud y besos.
A ver, Gata, no me ha quedado claro si estás disfrutando o no. Leo las etiquetas y tampoco me dan una pista, jaja.
ResponderEliminarBicos.
Las personas que padecemos nostalgia aparatosa congénita nos cuesta mucho disfrutar de nada. Somos una especie de frígidas vitales.De todas formas no sé porqué me lo preguntas, aquí cuento la vida de una sustituta.
EliminarBesuchones.
Ah, la vida de una que te sustituye en el blog. Desde luego, a los escritores no hay quien os entienda, jaja.
EliminarBicos e bó domingo.
Que sí, que sí, que sí. ¿Escritores?...Ay, qué risa! Pero gracias azulona. Muá.
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